Algún día dejaréis de casaros

TEXTO ROBERT ALVAREZ

Si algo me queda claro es que pase lo que pase la vida sigue. Da igual que nos hayan calzado la mayor crisis de nuestra democracia o que estemos en un momento de incertidumbre política que asusta a cualquiera. Ya dijo Ian Malcolm aquella frase atemporal vaticinando todo lo que se vendría: “La vida se abre camino”. Claro que él entonces lo decía en una peli muy divertida hablando de dinosaurios y nosotros hoy hablamos de algo tan real como bebés y gente que se casa. Y no sabría decir qué sería más terrorífico.

Imagino que también es un poco el proceso lógico de que la generación más preparada de la historia se esté haciendo mayor, mientras algunos nos empeñamos en seguir padeciendo el síndrome de Peter Pan. Supongo que a todos los que os encontréis en ese magnífico momento de la segunda mitad de la veintena habréis ido notando el cambio. Ha sido un cambio paulatino y lento pero de ritmo firme, de violencia subcutánea y silenciosa. Mi Instagram ha pasado de las fotos de comida, gatos y cubatas a manos en la barriga, madres que llevan a sus hijos en una especie de fular y parejas que emplean hashtags para contar el tiempo en semanas de una forma absurdamente confusa. ¿Alguien de verdad sabe decir en menos de 5 segundos cuánto tiempo es 44 semanas?

La epidemia ha estallado y las consecuencias son imprevisibles. Me veo en algún momento del próximo lustro rodeado de amigos casados y con bebés. Cambiando las colas de la Apolo por hacerles compañía en la cola de una farmacia 24h un viernes por la noche. Dejando de echar partidas a la play con ellos para echarlas con sus hijos. Yendo al Picnik Electronik los domingos estivales, pero a la parte de los niños. Para ver a mis amigos marcharse cuando cae la tarde, cuando empieza lo divertido, tapándole los ojos a sus críos para que no vean el estado en el que llega el moderneo barcelonés.

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Y aunque desde la soltería todo esto se vea muy lejano es una realidad que está a la vuelta de la esquina y que rápidamente te atrapa. Tú aquel día ni siquiera haces la cama y dejas la taza de café en la habitación y la ropa interior por el suelo, porque solo sales a cenar y no hay posibilidad de que te líes y asumes que esa noche dormirás en perfecta soledad. Pero ese día rándom os conocéis, habláis de vuestros estudios superiores, de la más rabiosa actualidad y sonreís mucho al principio. Claro que empezáis a quedar sin pretensiones, pero comenzáis a notar que vuestra química es real el día que tenéis una cita y solo ha caído una botella de vino. Y ni siquiera os la habéis acabado. La verborrea deja de ser una excusa para que no haya silencio y en vez de eso hay un interés real en contar y que te cuenten. Os empezáis a ver habitualmente pero por alguna extraña razón parece que es muy poco. Tu cepillo de dientes está en su casa y su ropa interior está en la tuya. A sus compis de piso les caes bien pero sin pasarse, y viceversa. Vuestros horarios han empezado sospechosamente a sincronizarse. Dejáis los preservativos y pasáis a métodos anticonceptivos más cómplices. En la Apolo ya no te meten en lista de forma automática, hace mucho que no te ven. Eventualmente os enamoráis y comenzáis a viajar juntos y a hacer otras locuras del quererse. Qué rápido va todo. Qué idílico. Cuánta hormona. Vuestros padres están separados pero vosotros lo haréis distinto, porque esto es real y es el siglo XXI. Decidís mudaros juntos, pero de una manera muy occidental y congruente, cuentas separadas y nada de hipoteca. Y eso de casaros qué va, es algo viejuno. Y os montáis un hogar muy agradable, repleto de chistes internos y referencias culturales, con una estantería llena de libros de Vila Matas y hasta una cafetera Nespresso. Pero ya lleváis más de 2000 días juntos, y What Else, ¿no? Ya no se emite ‘Cuéntame’, Podemos es ya la vieja política y notáis que os falta algún escalón en esta escalera que habéis ido subiendo juntos, de la mano, con alguna que otra infidelidad sin importancia que se quedará sin resolver bajo la alfombra. Y os miráis a los ojos y alzáis los hombros. Se viene lo inevitable. Preparáis el instagram, ya sabéis el nombre, los hashtags, TODO. Y habrá que casarse para celebrarlo, e invitar a todos vuestros amigos que están pasando la misma época que vosotros y que casualmente deciden casarse ese mismo año, arruinando a vuestro amigo el soltero, que tendrá que revender la entrada del Sónar porque le coincide. No pasa nada. Hay Sónar todos los años. Algún día dejaréis de casaros.

Las fotos son fragmentos de la película Pierrot le fou

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